
No hay nada más ridículo que el dedo chiquito del pié. He oído que sirve dizque para estabilizar el cuerpo, que es que es indispensable para no caerse. Pero todo eso es falso; el dedo chiquito no sirve para nada más que para recordarnos lo pequeña y pusilánime que es nuestra especie. Déjenme explicarles porqué.
El dedo chiquito del pié es un ñoco de poca carne y poco hueso que nos avergonzaría si eventualmente tuviéramos que mirarnos cara a cara con los elegantes extraterrestres con cuya invasión tanto soñamos. Ellos, naturalmente, no tendrían dedito chiquito del pié. Al ver nuestros ñoquitos rosados, se reirían, o lo que sea que hagan los extraterrestres cuando les dé pena ajena.
La uña de este dedo no se sabe si sí es o no es. Diminuta entre la hinchazoncita de carne, parece màs bien un mugre viejo pegado que una uña. Igual, si uno lo piensa, es también horroroso pensar en una posibilidad distinta: ¿un dedito chiquito con una uña grande encima? Horror.
El dedito chiquito es, por otro lado, la parte menos morboseable del cuerpo humano. Incluso frente a las mentes más extrañas pasa desapercibido. No creo, por ejemplo que Hannibal Lecter hubiera tenido algún fetiche gastronómico con el dedo chiquito de sus víctimas. Y no lo habría tenido porque, como el genio que dicen que era, sabría perfectamente de qué se trata esa piltrafa. Yo no me imagino a Su Majestad Lecter, hincho de prepotencia ante un cadáver listo para su consumo, parando a mirar el dedito y menos a babear con la idea. ¿Ese sobrado de tela humana? ¿ese error de factura? ¿tiene algo que hacer el dedito aquel al lado de un ojo o de una mano entera?
Todo esto me recuerda las reliquias de la Edad Media. Fieles por toda Europa asegurando que esta mandíbula es de San X y que esta costilla es de San Y. ¡Vaya y venga, digo yo, poseer una vaina que llaman el Santo Prepucio de Jesucristo en una jarra! ahí sí, a cobrar duro por entrada y aún más duro por salpicada del santísísimo líquido conservante. Decir que uno carga un diente de Mahoma o un mechón de Juana de Arco, eso, digo yo, sería algo. Y es que no importa que ninguna de las reliquias haya sido auténtica: independientemente de a quién se las hubieran sacado, seguro siempre llevaban inscrito algún misterio. Todas, menos un dedito. ¿Qué tendría que decirnos el dedito chiquito del pié de Santo Tomás? ¿recordarnos que el cuerpo del santo era mediocre, como el de todos nosotros? ¿que todo esto que dicen los creyentes de la imagen y semejanza se quedó en algún lugar del pié antes de llegar a la punta?
Lo máximo que aportaría un dedito-reliquia, sería hacernos pensar en cuántas veces maldijo el mártir después de darle accidentalmente un patadón a una mesa o a una cama. Porque creo que la única función lógica de este error genético es hacernos conscientes de la vulgar materialidad de nuestra existencia. El dedo chiquito busca cada pata de cada mesa, para sacarnos de agradables divagaciones mentales y traernos de culo a la realidad. ¿Hay mayor desgracia que esa? Cuando uno se pega en el dedo chiquito, uno siempre está descalzo, o en medias. Es decir, en la casa de uno, en la de alguien de confianza, o de vacaciones en tierra caliente. Ese es el dedo traidor, el que escoge esos momentos para cumplir su innoble objetivo.
Lo único que me divierte del dedo chiquito es la desgracia en algunos pies ajenos. Piénsese Uribe, por ejemplo, inmediatamente después de darle un golpe a una pata del lecho presidencial. Esas gafas fotosensibles se le deben oscurecer hasta su màs tenebroso tono dictatorial. O, ¿qué tal el dedito chiquito de Michael Jackson? De pronto era su último rincón negro. Aunque seguro que ese sí atinó a mandárselo a quitar, para luego embarrarla y decir que esque lo perdió como consecuencia de su crecimiento natural.
En fin, piénsenlo bien. Todo sería mejor sin dedito chiquito del pié. No hay nada que hacer, puesto que tendríamos que esperar aeones para ver a nuestra especie librada de ese martirio. Pero, evolutivamente, para allá vamos. Por ahora, acuérdese de mí la próxima vez que se lo golpee.



