lunes, 31 de agosto de 2009

Colombia no debe ser pasión



No marcharé el próximo cuatro de septiembre. La nueva marcha contra Hugo Chávez convocada a través de Facebook atiza negativamente las emociones de un público que ya está suficientemente enardecido. La manifestación va en detrimento de la coyuntura con Venezuela porque, creo, responde a una lógica polarizante y conflictiva, a una matemática mediática que ha cocinado mucha pasión desde que el neopopulismo se tomó nuestras naciones y que poco sirve al ideal desenlace pacífico de este aburrido episodio.
Sí, Hugo Chávez es un político de temer. Es un militar dirigiendo el poder ejecutivo de una república desigual y pobre en una regiòn tropical. Esa es la primera pincelada de un cuadro demoledor para cualquier ideal democrático; la segunda es el proyecto político de tintes internacionales que parece tener el presidente venezolano en la cabeza. Eso provoca, no lo niego. Como muchos extremistas, además, Chávez es una desgracia para su facción política: hoy gran parte de la izquierda latinoamericana -cuya presencia es absolutamente necesaria dado el panorama de desigualdad constante desde México hasta la Patagonia- se enmarca en fenómenos políticos que no solo están desprestigiados sino que, en casos como el de Venezuela, son efectivamente agresivos.
Y sí, claro, también es importante que la sociedad civil tenga la capacidad de manifestarse en masa en pro o en contra de cualquier cosa. Mal haría yo en criticar la marcha como iniciativa per se; eso sería legitimar la represión de la disidencia, tan presente por estas latitudes y tan criticada por mí. Me parece muy bien que marchen los miles que quieran.
Pero interpretemos los antecedentes. Creo que nuestras neo dictaduras latinoamericanas (hincapié en nuestras) responden muy claramente a una de las viejas urgencias del continente: necesitábamos resarcir frustraciones históricas a través de nacionalismos enardecientes. Estos gobiernos han llegado al poder en las urnas, es decir, se camuflan detrás de una fachada democrática porque es el electorado el que -por lo general por márgenes desproporcionados-, los ha elegido.
Eso implica consecuencias, y una de ellas es que este tipo de regímenes necesita seguir legitimándose a través de la creación o, como en este caso, del aprovechamiento de enemigos. Finalmente, fue gracias a ellos que inicialmente los eligieron (FARC-Uribe; Neoliberalismo capitalista-Chávez). Una vez los ánimos nacionalistas han elegido a un presidente, el paso siguiente es la unificación ideológica de la batería de componentes institucionales de una comunidad hacia una causa política, hacia una mirada de la realidad. Los medios de comunicación en Colombia, por ejemplo, se han encargado todas las noches de atizar el fuego promoviendo una innecesaria emocionalidad en las noticias relacionadas con Venezuela. Sobran los ejemplos. ¿Qué creen que pasa cuando, noche a noche, nos tratan de ofender con el rojo chavista, repitiéndonos a los gritos una y otra vez que Chávez, un payaso moreno amigo de Ahmadineyad, amenaza con invadirnos y con destruir nuestro orden económico? Pasa que los ánimos verticales que eligieron a Uribe se trasladan, unidos, contra este nuevu odio, potenciando desenlaces terribles. Uno de ellos, muy incómodo, es el de la polarización interna (esque tal no fue a marchar...¡¿por qué no fuiste?!...¿si vió? ¡El Polo es Chavista!).
La marcha anti-Chávez es materia prima para capitalizaciones para las que no me quiero prestar. No quiero convertirme en un argumento legitimador de la política uribista, con la que discrepo estructuralmente. Pero, sobretodo, no quiero convertirme en un argumento para la instalación bases militares gringas en nuestro territorio. O para una nueva elección de Uribe. Andrés Felipe Arias vendrá con José Obdulio y Valencia Cossio, con Velásquez y el Opus Dei, con Juanes y con Salvarte, con Brownfield y Chaney, a decir que Colombia acepta el realismo político de la seguridad democrática. Yo no.
Por último, no marcharé porque esta manifestación es un eslabón en una cadena que, sobra decirlo, no para ahí. En adelante, no quiero imaginarme los inevitables nuevos eslabones de lado y lado. Los medios venezolanos, cooptados por Chávez con la lógica polarizante que describo, dirán el 5 de septiembre que Colombia se manifestó contra el pueblo bolivariano. Si uno se fija, también es recurrente el comentario en boca de presidentes de extremas: Si se manifiestan en contra mía, se manifiestan contra todo lo que yo creo representar, es decir, contra todo lo bueno dentro de mi escala de valores = SON ENEMIGOS. Se lo oí decir hace poco al propio Uribe acerca de los detractores del referendo reeleccionista...¿por qué Chávez y su combo habría de reaccionar distinto? Ya lo veo diciendo que Bogotá es enemiga de Latinoamérica entera.
Ya veremos, puedo estar equivocado previendo tanta cosa. Pero la historia ha demostrado que las pasiones nacionalistas no conllevan ninguna solución, y sobretodo nunca a conflictos entre naciones o gobiernos. En la medida en que sigamos alimentando, con pasión, un monstruo dentro de nuestro pensar, el monstruo crecerá hasta convertirse en ese titular de periódico que, definitivamente, no queremos leer: “Guerra inminente”.

martes, 25 de agosto de 2009

De palmas y propagandas





El año pasado dí con una entrevista que la BBC transmitía en directo desde Londres. A un lado del periodista se encontraba Alex James, el bajista de la banda inglesa Blur, a quien Àlvaro Uribe habìa invitado a Colombia luego de que el mùsico publicara una oda a la cocaina. James aceptó, y durante su visita a nuestras tierras sobre-alimentó su culpa de ‘drogo’ converso. Al otro lado del periodista se encontraba el vicepresidente Francisco Santos, en representación del Gobierno de Uribe y de su característica escala de valores bipolar (bien vs. mal).

Nuestra realidad es inimaginable para la mayoría de europeos, y más para James, un popero inglés. Por eso, cuando empezó a entenderla, se le aproximó con esa ingenuidad que a nosotros, en cambio, se nos a socavado entre el plomo y los noticieros. El músico hizo, en vivo, una propuesta que acompañó de la misma indignación con la que un niño se da cuenta que la vida, a veces, no es ni tan fácil ni tan rica: “...lo que no entiendo es...¿porqué, en vez de fumigar, no sustituyen los cultivos de coca con cultivos legales que le sirvan a la gente y al país?”.

Santos se apresuró a contestar la duda y al hacerlo develó el pensar de la política agraria de nuestro Gobierno: “Naturalmente, lo estamos haciendo. Por ejemplo, ahora usamos muchos de esos terrenos para cultivos de palma”.

Según el estudio que hizo Ana María Ibañez, economista de la Universidad de Los Andes, sobre el fenómeno del desplazamiento forzado en Colombia, uno de sus resultados ha sido una gran contrareforma agraria. Existen conteos que indican que alrededor de 4 millones de hectáreas han sido arrebatadas de sus propietarios originales por grupos armados. Así fuera la mitad, digo yo, sería infinitamente perverso. Según la investigadora, aproximadamente una cuarta parte de la población rural colombiana ha sido desplazada de alrededor de 650 mil predios en los últimos 15 años. Esos predios, contrario a lo que pensábamos en las ciudades, permeables a Radio Casa de Nariño, no eran ni tan pequeños ni tan poco productivos: en promedio de 13,2 hectáreas cada uno, y representaban todo un sistema económico que integraba a las comunidades y que dejaba réditos importantes tanto para familias como para poblaciones.

Lo que no le contó Santos a James ni a los televidentes internacionales es que muchas de las tierras desocupadas forzosamente en territorios como el chocoano terminaron convertidas en grandes latifundios productores de palma. Fueron colonizados por vivos (por decir lo menos) que poco a poco le sacaron provecho al desarraigo para legalizar esas tierras y sembrarlas. Y es así, entre otras cosas, gracias a los incentivos gubernamentales para la iniciativa palmicultora, como nos dice Juanita Goebertus Estrada en su estudio Palma de aceite y desplazamiento forzado en zona bananera: trayectorias entre recursos naturales y conflicto.

Los cultivos de palma, hay que entenderlo, no los manejan pequeños terratenientes. No los manejan campesinos que necesiten ver el fruto de su trabajo día a día, mes a mes. Los propietarios originales de los predios desocupados del chocó no pueden ni podrán nunca manejar los cultivos de palma que hoy se erigen en sus otrora hogares, ni usufructuar de ellos. La industria palmicultora requiere de una infraestructura especial y de unos plazos de producción suficientemente largos como para que sus dueños no tengan cara de campesinos, sino mas bien de empresarios. Y es un hecho que, a los ojos del Gobierno de Uribe, la cara del empresario es más amable que la del campesino porque la pimera engorda las cifras de la macro economía y la segunda no tanto. Es diferente, sin embargo, en la realidad rural: está comprobado que los grandes latifundios son menos provechosos para las economías locales que la explotación de predios pequeños y medianos.

Sin decir que el Gobierno sea el responsable directo del drama rural ni del desplazamiento interno, y sin decir tampoco que la palma sea maldita en sí misma, creo que el vicepresidente, en un afán propagandístico, desconoció las implicaciones del tema de la palma mostrándolo como una propia iniciativa de paz.



miércoles, 12 de agosto de 2009

Aniversario de una guerra vigente



El conflicto que Rusia y Georgia libran por Osetia del Sur recuerda, cada vez más, a la pugna bipolar que vivía el mundo durante la guerra fría.

El pasado viernes, 7 de Agosto, líderes de Rusia, Georgia y Osetia del Sur realizaron diferentes manifestaciones simbólicas con motivo del primer aniversario de una guerra que involucró a los tres países y que se llevó las vidas de al menos 2500 personas. Las celebraciones conmemorativas, sin embargo, contenían intenciones muy distintas en cada uno de estos territorios: pasado un año del enfrentamiento militar, las tensiones políticas que le dieron origen aún siguen vivas. Rusia y Georgia se culpan mutuamente de haber iniciado el enfrentamiento bélico que duró cinco días y con el que se debatieron el control político sobre Osetia del Sur.

La guerra comenzó cuando, en agosto de 2008, fuerzas militares georgianas atacaron a sectores separatistas surosetas. El presidente de Georgia, Mijail Saakashvili, justificó la agresión arguyendo que había evidencias de que los independentistas estaban siendo apoyados política y militarmente por los rusos. El Kremlin, que por esa época recibía como líder al presidente Dimitri Medvedev, reaccionó desplegando una fuerza desproporcionada contra Georgia, incluida su capital, Tiflis.

"Estoy seguro que cuando llegue el momento, un castigo justo y severo será infligido a las personas que dieron las órdenes criminales", dijo Medvedev el sábado pasado, en clara alusión a Saakashvili. Las palabras fueron pronunciadas por Medvedev en la frontera con Osetia del Sur, ante las tropas rusas que intervinieron en 2008 en defensa de los surosetas. "El objetivo que se había fijado Tiflis era muy cínico. Se trataba de eliminar, o como mínimo obligar al exilio, al pueblo de Osetia del Sur, sacándolo de su tierra natal. Ustedes impidieron eso".

Casi simultáneamente, Saakashvili, cuyas filiaciones políticas están con el neoliberalismo occidental, dijo desde Tiflis, en un tono propio de las democracias capitalistas, que “en el mundo democrático la verdad siempre vence a la mentira, y el bien siempre vence al mal”. Luego, el presidente georgiano reafirmó el argumento con el que abanderó su ataque a Osetia del Sur, diciendo que, en agosto de 2008, sus acciones habían sido provocadas por lo que consideró una invasión secreta rusa a uno de sus territorios.

Lo cierto es que el conflicto tiene antecedentes lejanos. Rodeada en su mayoría por territorio georgiano, Osetia del Sur se ha debatido, desde la disolución de la URSS, entre los poderes antagónicos de Rusia y Georgia. Es una república autoproclamada independiente desde 1992; sin embargo, son pocos los Estados que le reconocen su independencia. Georgia, por ejemplo, considera a la región suroseta parte de su soberanía, porque cuando se disgregó la URSS, en 1991, Osetia del Sur pasó a ser parte de su territorio. Sin embargo, los ánimos independentistas surosetas no tardaron en aparecer: un año más tarde decidieron separarse completamente de Georgia. En ese entonces, la iniciativa separatista no tuvo mucho eco en el panorama internacional; No obstante, la guerra del año pasado no solo concluyó con una victoria militar rusa, sino con el pleno reconocimiento, en el Kremlin, de la independencia suroseta.

Como ocurre con todo conflicto bélico, también en este caso cada una de las partes esperaba ganar algo con librarlo. Los rusos, con la mega-reacción del año pasado al ataque georgiano sobre Osetia del Sur, aprovecharon para dejarle claro al mundo que Rusia sigue siendo una potencia militar digna de respeto y que sigue dominando en la región que antes constituyó la URSS.

Georgia, por otro lado, buscaba apagar cualquier intento separatista suroseta, en medio de su campaña para ser aceptada como miembro de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), la organización de cooperación político-militar internacional que occidente creó, a comienzos de la guerra fría, para hacerle frente a lo que en su momento llamó la “amenaza soviética”. Washington, por su parte, en boca del vicepresidente estadounidense Joe Biden, ha dado recientes muestras de apoyo a la integralidad territorial de Georgia y a su aceptación dentro de éste organismo. En una visita a Tiflis realizada hace unas semanas, Biden dijo que Georgia constituía “un importante socio para EEUU”, dado el apoyo recibido de soldados georgianos en Afganistán y por ser un puente en la ruta energética entre el Este y el Oeste.

Los réditos políticos, sin embargo, no se parecen en nada a las consecuencias humanitarias del conflicto ruso-georgiano. Según Amnistía Internacional, el enfrentamiento de hace un año mantiene, aún hoy, a 30,000 personas sin hogar. De los 38.500 surosetas que huyeron del conflicto hacia Rusia, tan solo 4.000 han retornado a sus territorios originales. Tsjinvali, la capital de Osetia del Sur, hoy continúa con un 70% de su infraestructura en ruinas, y sus disminuidos habitantes enfrentan grandes dificultades para reconstruir las vidas que tenían antes del conflicto bélico.

La historia parece ser un tensionarte reducto de la guerra fría. Según The Washington Post, Georgia le ha pedido a Biden apoyo armamentista. De ser satisfecho Saakashvili, las batallas volverían a librarse, no en Rusia ni en EEUU, sino en las periferias menos fuertes que, como antes de 1989, podrían la mayoría de los sacrificios y de muertos.

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