La popularidad de Barack Obama está sensiblemente diezmada. Entre tanto, esta semana el presidente norteamericano, sobre el que se han creado enormes expectativas, enfrenta un reto de cuyo desenlace depende gran parte de su credibilidad.
por Diego Montoya Chica
“¿Qué le pasó al presidente Obama? Habiéndose derretido sus alas de cera, el hombre cayó al suelo”. Con estas palabras comienza el más reciente artículo del columnista conservador Charles Krauthammer, publicado el 4 de septiembre en el diario norteamericanoThe Washington Post.Krauthammer, como otros detractores del mandatario estadounidense, aprovechó los resultados de la encuesta que la firma Zogby International realizó el 31 de Agosto y que da cuenta de la decreciente popularidad del mandatario, para arreciar sus críticas hacia el actual gobierno.
Según el sondeo, la aprobación de Obama en los Estados Unidos cayó a un excepcional 42 por ciento. Recién elegido, en momentos en que millones de personas observaban al primer presidente negro de la historia de ese país posar una mano sobre la Biblia de Abraham Lincoln para luego jurar, con admirable carisma, su compromiso y liderazgo, Barack Obama ostentaba casi el 70 por ciento de favorabilidad, según encontró la misma firma. Lo que es más significativo, sin embargo, es que las poblaciones consultadas en las que más se percibió el descenso fueron aquellas donde antes el mandatario contaba con más apoyo: en el mes previo a la encuesta los jóvenes entre 18 y 25 años dejaron de apoyar a Obama en un 18 por ciento, los afroamericanos en un 9 por ciento, y sus copartidarios demócratas en un 13 por ciento.
“Lo que ha ocurrido es esto: (Obama) se ha vuelto ordinario”, dice Krauthammer en su columna, titulada Obama, el mortal. “El encantamiento se rompió –continúa-. El carismático orador de 2008 ha perdido su magia.”
El origen del descenso
La reducción de la popularidad del presidente Obama se debe, presumiblemente, a coyunturas relacionadas con tres de los más trascendentales retos políticos que asumió el mandatario a su llegada a la Casa Blanca: la prometida pero obstaculizada reforma al sistema de salud pública, la desprestigiada ocupación norteamericana en Afganistán y el cuestionado sentido de seguridad que los norteamericanos demandan del presidente en un contexto de nerviosismo generalizado heredado del mandato de George W. Bush.
La reforma sanitaria es, sin embargo, el frente de combate más sensible en el futuro inmediato para el presidente. Hoy, 46 millones de estadounidenses no cuentan con servicio de salud alguno, y muchos de los que si lo obtienen deben pagar sumas de dinero que no son proporcionales con la dudosa calidad de la atención.
Wendy Johnson es médica especializada en Salud Pública. Trabaja con la organización Health Alliance International, y es profesora en la Universidad de Washington, en Seattle. La médica dijo a Hechos del Mundo que el sistema de salud actual se caracteriza por “la falta de un planeamiento centralizado en lo que tiene que ver con infraestructura y recursos humanos. Eso hace que terminemos con un exceso de médicos especializados y de máquinas que realmente no necesitamos, pero cuyo uso tenemos entonces que promover para pagarlos y enriquecer a sus dueños”. Johnson concluye que la mayor falla del sistema sanitario actual es “la carencia de un servicio universal, asequible y coordinado”.
Este miércoles 9 de septiembre, a su regreso de vacaciones de Camp David, Obama se dirigirá a las dos cámaras del congreso con el único propósito de hacer aprobar la reforma con la que el gobierno pretende ofrecer mayor cobertura y mejor calidad en el servicio sanitario. No obstante, el monstruo que Obama tendrá que encarar ese día es feroz: el apoyo político con que cuenta el mandatario dentro de su partido está diezmado, y el bloque republicano unirá fuerzas para desprestigiar y tumbar la propuesta presidencial.
Hay que recordar que ningún presidente demócrata ha logrado hacer una reforma sustancial al sistema sanitario con colaboración del partido republicano. Aún así, Obama necesita algo de apoyo dentro de ese partido, dada la magnitud de la reforma que, se cree, el presidente tiene en mente. Durante su campaña y a principios de su gobierno, el mandatario expresó que no descartaba la opción de hacer totalmente público el sistema de salud norteamericano, iniciativa que los conservadores rechazan tajantemente con argumentos ideológicos. Han dicho en repetidas ocasiones que la opción pública supondría una socialización del servicio, algo que muchos norteamericanos de derecha rechazan pero que las poblaciones más vulnerables recibirían de buen grado.
Así lo confirmó Denise Robertson a la agencia AFP. La mujer necesitaba una mamografía con urgencia y acudió a una clínica gratuita itinerante que, el día que paró en Los Ángeles, atendió a 8000 pacientes. La clínica fue condenada por los conservadores, de nuevo, por su supuesto tinte socialista, “¿A mí qué me importa si es socialista o no?”, dijo la mujer. “Somos el único país en el mundo donde los más vulnerables no tenemos nada”.
Lo cierto es que un fracaso en este frente supondría para el presidente estadounidense una pesada carga para los más de tres años que le quedan de gobierno. Su credibilidad y la confianza en su poder reformador quedarían muy afectadas, dado que muchos de los votos que eligieron a Obama fueron inspirados por sus propuestas sobre el tema de la salud durante su campaña.“Si usted tiene servicio de salud, mi plan reducirá sus costos”, anunció Obama en un discurso en Denver antes de ser elegido. “Si no, usted podrá acceder al mismo tipo de cubrimiento de que disfrutan los mismos miembros del congreso”, agregó.
Hay, sin embargo, quienes le restan importancia a los sondeos publicados la semana pasada. “Todavía no salimos de un bajón serio en la economía, uno que amenazaba con convertirse en una recesión global”, publicó Thomas E. Mann, el 4 de septiembre, en la página de Brookings Institution. Mann dirige los Estudios de Gobierno en esta entidad, y en su artículo responde negativamente a la pregunta: ¿Deben los demócratas asustarse con la reducción en la aprobación a Obama? El politólogo argumenta que “la mayoría de los líderes alrededor del mundo (presidentes, primeros ministros, gobernadores) han visto su apoyo popular decaer, especialmente entre los segmentos del electorado que están menos arraigados a un partido político específico”.
La campaña agresiva de Obama, su carisma y sus características como ciudadano, llenaron a los electores de expectativas que el presidente difícilmente va a poder satisfacer. Una cosa de la que se está dando cuenta el mandatario es que es muy diferente generar popularidad en campaña que obtenerla en ejercicio. Sin embargo, algo que debe tenerse en cuenta es que, por más de que las encuestas permitan sondear las tendencias de opinión, éstas no deben influenciar las decisiones del presidente de Estados Unidos. Lo más posible es que Obama le reste importancia a los sondeos, y se concentre en sacar adelante los proyectos que le prometió a su electorado. Debe hacerlo a como de lugar: de lo contrario su lema de campaña, Yes we can, se quedará en una exitosa estrategia publicitaria.

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