miércoles, 12 de agosto de 2009

Aniversario de una guerra vigente



El conflicto que Rusia y Georgia libran por Osetia del Sur recuerda, cada vez más, a la pugna bipolar que vivía el mundo durante la guerra fría.

El pasado viernes, 7 de Agosto, líderes de Rusia, Georgia y Osetia del Sur realizaron diferentes manifestaciones simbólicas con motivo del primer aniversario de una guerra que involucró a los tres países y que se llevó las vidas de al menos 2500 personas. Las celebraciones conmemorativas, sin embargo, contenían intenciones muy distintas en cada uno de estos territorios: pasado un año del enfrentamiento militar, las tensiones políticas que le dieron origen aún siguen vivas. Rusia y Georgia se culpan mutuamente de haber iniciado el enfrentamiento bélico que duró cinco días y con el que se debatieron el control político sobre Osetia del Sur.

La guerra comenzó cuando, en agosto de 2008, fuerzas militares georgianas atacaron a sectores separatistas surosetas. El presidente de Georgia, Mijail Saakashvili, justificó la agresión arguyendo que había evidencias de que los independentistas estaban siendo apoyados política y militarmente por los rusos. El Kremlin, que por esa época recibía como líder al presidente Dimitri Medvedev, reaccionó desplegando una fuerza desproporcionada contra Georgia, incluida su capital, Tiflis.

"Estoy seguro que cuando llegue el momento, un castigo justo y severo será infligido a las personas que dieron las órdenes criminales", dijo Medvedev el sábado pasado, en clara alusión a Saakashvili. Las palabras fueron pronunciadas por Medvedev en la frontera con Osetia del Sur, ante las tropas rusas que intervinieron en 2008 en defensa de los surosetas. "El objetivo que se había fijado Tiflis era muy cínico. Se trataba de eliminar, o como mínimo obligar al exilio, al pueblo de Osetia del Sur, sacándolo de su tierra natal. Ustedes impidieron eso".

Casi simultáneamente, Saakashvili, cuyas filiaciones políticas están con el neoliberalismo occidental, dijo desde Tiflis, en un tono propio de las democracias capitalistas, que “en el mundo democrático la verdad siempre vence a la mentira, y el bien siempre vence al mal”. Luego, el presidente georgiano reafirmó el argumento con el que abanderó su ataque a Osetia del Sur, diciendo que, en agosto de 2008, sus acciones habían sido provocadas por lo que consideró una invasión secreta rusa a uno de sus territorios.

Lo cierto es que el conflicto tiene antecedentes lejanos. Rodeada en su mayoría por territorio georgiano, Osetia del Sur se ha debatido, desde la disolución de la URSS, entre los poderes antagónicos de Rusia y Georgia. Es una república autoproclamada independiente desde 1992; sin embargo, son pocos los Estados que le reconocen su independencia. Georgia, por ejemplo, considera a la región suroseta parte de su soberanía, porque cuando se disgregó la URSS, en 1991, Osetia del Sur pasó a ser parte de su territorio. Sin embargo, los ánimos independentistas surosetas no tardaron en aparecer: un año más tarde decidieron separarse completamente de Georgia. En ese entonces, la iniciativa separatista no tuvo mucho eco en el panorama internacional; No obstante, la guerra del año pasado no solo concluyó con una victoria militar rusa, sino con el pleno reconocimiento, en el Kremlin, de la independencia suroseta.

Como ocurre con todo conflicto bélico, también en este caso cada una de las partes esperaba ganar algo con librarlo. Los rusos, con la mega-reacción del año pasado al ataque georgiano sobre Osetia del Sur, aprovecharon para dejarle claro al mundo que Rusia sigue siendo una potencia militar digna de respeto y que sigue dominando en la región que antes constituyó la URSS.

Georgia, por otro lado, buscaba apagar cualquier intento separatista suroseta, en medio de su campaña para ser aceptada como miembro de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), la organización de cooperación político-militar internacional que occidente creó, a comienzos de la guerra fría, para hacerle frente a lo que en su momento llamó la “amenaza soviética”. Washington, por su parte, en boca del vicepresidente estadounidense Joe Biden, ha dado recientes muestras de apoyo a la integralidad territorial de Georgia y a su aceptación dentro de éste organismo. En una visita a Tiflis realizada hace unas semanas, Biden dijo que Georgia constituía “un importante socio para EEUU”, dado el apoyo recibido de soldados georgianos en Afganistán y por ser un puente en la ruta energética entre el Este y el Oeste.

Los réditos políticos, sin embargo, no se parecen en nada a las consecuencias humanitarias del conflicto ruso-georgiano. Según Amnistía Internacional, el enfrentamiento de hace un año mantiene, aún hoy, a 30,000 personas sin hogar. De los 38.500 surosetas que huyeron del conflicto hacia Rusia, tan solo 4.000 han retornado a sus territorios originales. Tsjinvali, la capital de Osetia del Sur, hoy continúa con un 70% de su infraestructura en ruinas, y sus disminuidos habitantes enfrentan grandes dificultades para reconstruir las vidas que tenían antes del conflicto bélico.

La historia parece ser un tensionarte reducto de la guerra fría. Según The Washington Post, Georgia le ha pedido a Biden apoyo armamentista. De ser satisfecho Saakashvili, las batallas volverían a librarse, no en Rusia ni en EEUU, sino en las periferias menos fuertes que, como antes de 1989, podrían la mayoría de los sacrificios y de muertos.

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