jueves, 25 de junio de 2009

Tengo hielo en la barba





Tengo hielo en la barba. Molesta un poco, pero es peor el dolor en los ojos: a -15°C se enfrían tanto, que toca estar parpadeando y arrugando la cara todo el tiempo para que no se congelen. Es lo único que tengo descubierto, la cara. De resto: un gorro de lana, encima de él la capucha de uno de los 2 sacos que tengo debajo de la chaqueta que me prestaron y que pesa como cinco kilos; unos calzoncillos de invierno (también prestados, naturalmente) debajo de unos pantalones impermeables forrados en algodón (prestados); unas medias de invierno (prestadas) encima de mis humildes medias bogotanas; guantes (míos, pero creo que mañana pido prestados unos más apropiados) y, finalmente, los esquís. Con ellos estoy tratando de deslizarme por la nieve tan graciosamente como los locales, quienes sin ningún esfuerzo vuelan por la gruesa manta blanca, mientras sostienen charlas cotidianas con sus compañeros de deporte. Ninguno de ellos parece obeso, como yo, por la cantidad de ropa; usan wet suits que los hacen ver tan flacos y desprotegidos del frío que provoca ir a socorrerlos.

Pero lo único que, por ahora, he logrado hacer graciosamente desde que salí de la estación de alquiler de esquís, hace 15 ó 20 minutos, es caerme y levantarme con una serie de esfuerzos y expresiones que sé que me hacen más bien merecedor, a mí, de las miradas compasivas. Los esquís se pisan el uno con el otro cuando uno se está tratando de levantar, y controlar la dirección que estos toman apenas uno se pone de pié, sobretodo en superficies inclinadas, requiere de ciertas destrezas que no se han desarrollado al principio de la travesía. Total, me he caído cuatro veces en 15 minutos. Afortunadamente la nieve es seca, de manera que si uno se la sacude rápidamente, antes de que el escaso calor corporal la derrita, es fácil mantenerse seco, incluso después de las caídas.


Pero el frío, extremo para mí y para los lectores tropicales de este artículo, no es en absoluto extremo para los nativos de Pontarlier, el pueblito de 18,000 habitantes ubicado al sur-este de Francia a donde muchos, como yo, han llegado para hacer deportes de invierno. En este momento, por ejemplo, a medida que se mueve una nube y descubre otra estación de alquiler de equipos, empiezo a ver que hay varias personas semidesnudas alrededor de un carro. Se están cambiando de ropa para ponerse sus trajes deportivos, y dos de ellos incluso se quitan la camiseta quedando, durante unos segundos, con el torso desnudo. Ahí, sobre el hielo, a menos tantos grados, entre una nube que al pasar hace que me llore la nariz. Si yo hiciera eso, pienso, por fin me daría la pulmonía con la que siempre me amenazaron mis papás por no ponerme el saco cuando era chiquito.

Ahora que ya estoy parado y que varias caídas me han enseñado el ABC del equilibrio del esquí, empiezo a disfrutar de la actividad. Estoy haciendo Ski de Fond, que es una variedad de este deporte en la que el objetivo no es deslizarse rápidamente por campo abierto, sino ir lentamente por entre parajes especiales.

Y es precisamente ahora, que me estoy metiendo en uno de los extensos bosques de pinos de la región de Les Jourás, que veo que esos primeros esfuerzos han valido mucho la pena. De pronto, se me olvida el hielo de la barba y dejo de sobre-controlar los movimientos de mi cuerpo. Me libero de esas tensiones para poder absorber un poco de la belleza del entorno.




El bosque es como un universo hecho en azúcar por un pastelero francés. Provoca comérselo, oí varias veces dentro de mi grupo de compañeros turistas. A cada lado de mi camino, entre los enormes árboles que sostienen pisos y pisos blancos a punto de derrumbarse, hay unas pocas y pequeñas esculturas de hielo. Apenas pueden emerger de dentro de la gruesa capa de nieve que cubre cada milímetro del suelo por kilómetros a la redonda. Alguna vez fueron arbustos, me imagino, vida vegetal. Hoy, son formas que parecen unas de vidrio, otras de algodón, de plata o de azúcar. Si el paisaje sonara, se oirían campanas cristalinas de distintos calibres. Pero no suena: lo único que se oye, además del arrastrar de mis esquís contra la nieve, es el viento, gélido, soplando por el camino y, muy de vez en cuando, el craqueo lejano de algún pino acomodándose.

Parece que el frío hiciera que el tiempo apenas trascurriera; que dentro de este paisaje, configurado en leves variaciones del blanco y del negro, cualquier minúsculo movimiento de algún organismo fuera un evento memorable. Esto es lo más cercano que he estado a estar dentro de una postal.

Del universo que García Márquez creó para Cien Años de Soledad, dicen popularmente que con esa idiosincrasia costeña, el hombre no se tuvo que inventar nada. Aquí, pienso que si los hermanos Grim vieron paisajes similares, tenían a mano el contexto ideal para imaginar sus hadas, sus brujas, sus criaturas fantásticas. Alguno de mis compañeros, uno a cuya cámara se le ha enfriado tanto el lente que éste se le mueve con dificultad, dice sentir que Hagrid, el semi-gigante de la saga de Harry Potter, podría salir de detrás de cualquier árbol con una criatura mágica en hombros.

Pero toca moverse. Toca despertar, volver a parpadear constantemente, porque el frío hace que 20 segundos de quietud sean suficientes para que el cuerpo empiece a sentir la agresividad de la temperatura ambiente, esa que hay allá, fuera de mis capas y capas de tela. Una vez se ha hecho esa primera digestión visual de semejante cuadro, sin embargo, y una vez se han empezado a dominar las variables de temperatura y movimiento, la cosa me fluye mucho más que al principio. Tanto, que a la primera inclinación del terreno descubro que me puedo lanzar, abandonándome a la inercia, y llegar a la base velozmente. Estoy haciendo poses innecesarias de esquiador intrépido, agachado, apuntando con los bastones hacia atrás. No sirve para nada, pero no me importa: hacía mucho tiempo que no me convertía en un niño que descubre la velocidad en una bicicleta, o en un carrito de balineras.

El único problema de estar feliz, entregado a estas peripecias, aparentemente, es que si se sonríe mucho mientras se va a cierta velocidad por la nieve, al llegar a la base de las colinas los dientes duelen del frío. Como los ojos. De resto, puro goce.

Ya han pasado más o menos 50 minutos desde que salí de la estación y oigo dentro del grupo que hay deseos de regresar: están cansados y al parecer el clima está peor en un tramo del circuito al que no hemos llegado. Yo también pienso que es mejor: toca todavía recorrer de vuelta lo avanzado, y el deporte no es en absoluto tan suave con el cuerpo como parece: esta jornada de Ski de Fond ha implicado tanto esfuerzo físico que ya no solo se me quitó el frío sino que estoy sudando bajo mi complejo de poliéster y algodón. No quiero ni imaginarme el dolor general con el que amaneceré mañana; lo puedo presentir en los muslos, en el torso y en las nalgas.


Lo único que me da guayabo es salirme del bosque. Yo sé que fuera de él están los interiores con calefacción, los inmejorables quesos de la región de Franche-Comté, sus vinos blancos, sus chocolates y las divertidas charlas en mi muy regular francés. Sé que, estando allá, no me quejaré de haber dejado los -15° C. Pero también sé que, al salir de la postal, algún día voy querer volver a ella, en busca de su quietud, de su tranquilizante temporalidad y de su esotérica apariencia.

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