“Mis hijos, cada vez que los llamo, me preguntan: ‘qué, papá, ¿ya le pusieron el pie?’”, Saúl Villamizar se ríe un poco mientras reacomoda una venda en la herida que le dejó la explosión de una mina antipersona un año atrás. De su pie derecho solo le queda el talón; el resto fue cercenado por los explosivos que él mismo activó dando el único paso de su vida del que se arrepiente. Encima de la venda se pone una media deportiva negra. “Los niños piensan que me van a poner un pie de carne y hueso”.
Estamos sentados en dos sillas de plástico en el patio de atrás del Centro Integral de Rehabilitación de Colombia -CIREC-, en el barrio La Estrada, de Bogotá. Saúl me cuenta que, hace algo más de un año, se dedicó temporalmente a ser ‘ayudante de aserrador’. Todos los días, a las seis de la mañana, este campesino se levantaba en la casita de un terreno en la vereda del Filo de la Virgen, del municipio de La Gabarra, en el departamento de Norte de Santander.
Ni el terreno ni la casa eran suyos; eran de un ‘patrón’, un terrateniente de la zona que le había encargado reconstruir la pequeña vivienda y cercar el terreno usando madera talada del mismo predio. A cambio, Saúl recibía algún dinero, más el derecho de hospedarse en la casita, junto con su esposa y sus cuatro niños, durante el tiempo que durara el trabajo. Saúl se había conseguido ese empleo tras entender que los contratos que antes encontraba como raspachín en los cultivos de coca de misma región se habían vuelto tan escasos que ni valía la pena buscarlos.
A las seis y media de la mañana del martes 20 de marzo de 2007, al igual que todos esos días, Saúl estaba en el terreno junto con un equipo de paisanos aserradores. Todos eran obreros de la región, o coterráneos de Gramalote, el pueblo nortesantandereano donde nació Saúl hace 34 años. Ser ayudante de aserrador implica estar pendiente, entre otras cosas, de que la herramienta necesaria para abrir la madera esté completa, de que la sierra esté en buen estado y con suficiente combustible y de que los tablones se saquen a la medida requerida. Para este último propósito, al momento de meterle sierra a un árbol caído que prometía tablones suficientes para un buen tramo de cerca, se hizo necesario un metro que había quedado en el lugar donde los hombres habían aserrado el último árbol, unos 40 ó 50 metros más abajo en la montaña. Ya eran las once y media de la mañana, y como habían decidido darle ese último empujón al tronco, para despacharlo antes del almuerzo, Saúl se metió al bosque y bajó trotando por el metro. Se secó el sudor de la cara, y el sombrío se le antojó refrescante en contraste con el picante y pegajoso sol que recibía atrás, en el claro.
Encontró el metro y emprendió el regreso por un camino distinto. Por aquí es más corto, pensó Saúl, mirando el tapiz marrón de hojas húmedas en el piso mientras trepaba la montaña. Avanzó un paso con su pie derecho mientras exhalaba agitado y la tierra le dio un golpe que lo mandó lejos y cuyo estruendo hizo temblar toda la finca.
Unos metros más arriba, los otros obreros quedaron mudos mirando hacia el bosque, con las caras pálidas, el pecho retumbante de susto y la piel de gallina. Varios árboles habían quedado maltrechos, y una nube de humo, tierra y hojas sobre el follaje revelaba la ubicación de Saúl.
“¡Quietos todos!”, ordenó el aserrador principal a los que quisieron ir a ayudarlo, pensando en que, posiblemente, habría otras minas.
Como no lo ayudaban y no podía caminar, Saúl salió al claro arrastrándose, hasta donde sus compañeros se sintieran seguros para socorrerlo. Lo montaron en una hamaca y caminaron montaña abajo durante media hora, hasta llegar a una base del Ejército donde supusieron podían encontrar primeros auxilios para Saúl. Así fue. Uno de los soldados les dijo a los aserradores: “agárrenlo y ténganlo duro”. Luego, le pusieron un desinfectante en la herida que le despertó el dolor. “Sentí como si me estuvieran partiendo el hueso hasta la rodilla. Eso sí me hizo gritar. Era como si me molieran toda la pierna”. De la efectiva protección contra infecciones depende el tamaño de la amputación. Sobre todo, cuando los grupos armados ilegales meten excrementos humanos y de animales a las minas con el objeto, precisamente, de complicar la salud de la víctima.
Mientras le hacían los procedimientos a Saúl, un soldado llegó diciéndole que delatara a sus compañeros si estos eran guerrilleros. Lo acosaba y lo grababa con un celular. “Estaba todo emberracado”, me cuenta. “Me decía que denunciara, que mirara cómo estaba, y yo le decía que no, que esos eran conocidos de toda la vida”. Norte de Santander ha sido la cuna del ELN, una guarida permanente para las AUC y para las FARC y una gran finca cocalera de todos los anteriores. Pero no es solo a ellos a quienes los pobladores deben temer. Allí, las Fuerzas Armadas se hacen acreedoras a un respeto temeroso parecido al que se le debe a los irregulares.
En el camino hacia el hospital de Cúcuta, el grupo de aserradores que llevaba a Saúl tuvo un encuentro determinante para lo que luego fue un desenlace afortunado para el herido. Un funcionario de CIREC que se encontraba en Tibú cuando pasaron por ahí los obreros, les dijo que con una fotocopia de su cédula, acompañada de una carta del alcalde local y otra del personero, Saúl tenía derecho tanto a transportarse como a obtener asistencia médica, hospitalización, rehabilitación y una prótesis, todo sin costo alguno.
Asì fue como Saúl, luego de haber permanecido un mes en el Hospital de Cúcuta, se vino a Bogotá para que en CIREC le hicieran tratamientos de rehabilitación y le diseñaran la prótesis que necesitaba. Se la fabricaron, pero tuvo algunos problemas con ella, así que, en esa oportunidad, se devolvió a Cúcuta, sin prótesis, para hacer una serie de papeleos que se requieren para que una víctima acceda a la indemnización completa que el Estado colombiano le está obligado a dar. Las vueltas se tenían que hacer con premura, porque el plazo máximo que tiene una víctima para reclamar sus derechos como tal, en Colombia, es de seis meses. Después de eso, no tienen derecho a indemnizaciones, ni a prótesis, ni a rehabilitaciones.
Hechos los papeles y asegurados sus derechos, Saúl regresó a Bogotá hace unos días, con el propósito de conseguir, finalmente, la prótesis que le ayude a caminar normalmente, sin la muleta que lo acompaña todos los días. Tendrá una junta médica, y luego se la enseñarán a usar; todo aquello puede tardar alrededor de tres semanas. Mientras eso ocurre, Saúl pasa sus noches en el Hogar de Paso de CIREC, y gasta su tiempo en terapias de rehabilitación, fisioterapias, cortas salidas turísticas por Bogotá, haciendo pirograbado para sus niños en el taller de manualidades del Centro o, sencillamente, charlando de fútbol con sus compañeros lisiados.
Sentado conmigo en el parque, me dice que es consciente de que a muchos no les va tan bien como a él. “Hay unos a los que se les amputa toda la pierna, o incluso las dos”, dice. Lo cierto es que, en palabras de María Inés Urrego, Trabajadora Social de la Campaña Colombiana Contra Minas, hay aproximadamente un 40% de las víctimas que, una vez recibidas las atenciones de primera necesidad después de un accidente, se devuelven para su casa. “Lo más difícil a lo que nos enfrentamos -, dice Urrego-, es a la ignorancia, tanto por parte de los civiles como por parte del Estado, en relación con los derechos y los deberes de cada uno”.
El tema de las minas ha arroja, cada vez, cifras mpas desalentadoras, a pesar de los esfuerzos de instituciones como CIREC o como la Campaña Colombiana Contra Minas. Según un observatorio de minas terrestres de la ONU, Colombia llegó, recientemente, a ser el país del mundo en donde hay más minas sembradas, entre industriales y hechizas. Además, la degradación del conflicto interno colombiano ha llegado al punto en que las minas se fabrican con esquirlas de plástico y vidrio, difíciles de encontrar por detectores de metales; o de que se camuflen en objetos atractivos para los niños, como juguetes o comida, o hasta en las frutas que todavía cuelgan de los árboles. Los compromisos del Estado colombiano, adquiridos con la ratificación del tratado de Ottawa, incluyen el cumplimiento de una meta de desminado total para el 2010, para la que hacen falta no solo inexistentes recursos económicos (desactivar una mina antipersona cuesta alrededor de US $2.000, mientras que fabricarla cuesta menos de US $1), sino también conocimiento acerca de su ubicación, aportado por quienes las han sembrado (En orden, el ELN, las FARC, las AUC y las mismas Fuerzas Armadas de Colombia).
Saúl se destaca dentro del grupo de víctimas que han sido recientemente mutiladas por estas armas por su vitalidad y por su voluntad de superar el problema. En otros casos, la autoestima baja tanto y la desesperanza es tal, que las personas que han sufrido este flagelo se echan a morir. “A veces hay muchachos de 25 años que me dicen que, si ven un semáforo en verde, se botarían para que un carro los atropellara”, dice Yolima Chacón, Trabajadora Social de CIREC. Jeannette Perry de Sanabria, que conoce muy de cerca el tema porque hace 30 años fundó el Centro y porque desde entonces lo dirige, dice que, además, “muchas organizaciones se pelean por darles lo que sea a las víctimas, y terminan por profesionalizarlas como tal. Si además de darles asistencia, les ayudamos a reintegrarse como seres productivos a la sociedad, ahí arreglaremos el problema. Si no, no”.
Saúl aprovechó su desafortunada experiencia para ayudar. Cuando volvió a Cúcuta después de su primera visita a Bogotá, hizo todo lo que tenía a su alcance para remitir cada víctima de la que tenía conocimiento a CIREC, y hoy día hace las veces de embajador de la organización en su región. Me dice, negando con la cabeza, que él no se vara. “Además -, dice emocionado-, me quiero matricular en el SENA y capacitarme como panadero, o como carpintero”.
Saúl tiene que irse a una sesión de fisioterapia que tiene en cinco minutos, así que se para, ayudado por la muleta que pronto no tendrá que usar. Mientras caminamos hacia el interior del edificio, Saúl me comenta que es hincha del Deportivo Cúcuta. Esa es una de las cosas que más le molesta de no tener un pie: no poder jugar fútbol. Yo sé, sin embargo, me lo ha dicho una Trabajadora Social de CIREC, que con el pie que le queda y con la prótesis que tendrá, Saúl va a poder jugar.
Diez minutos después, cuatro hombres mutilados, entre ellos Saúl, están acostados, cada uno en una colchoneta, levantando sus piernas sobrevivientes y sosteniéndolas a 90° grados del cuerpo. Mientras la fisioterapeuta cuenta hasta 15 en voz alta, yo miro los pies alzados de los hombres. Cuando un pie ha sido mutilado recientemente, el pie que queda adquiere un aire solitario y un tanto desganado, como un gemelo al que se le ha muerto su hermano. Además, como recibe toda la carga de trabajo que resulta de la ausencia del otro, esa desgana choca con la dura jornada a la que se ve abocado, teniendo que sostener todo el peso de su amo. Sin embargo, alzados todos así, hacia arriba, los pies de estos individuos prometen ser suficientes para que sus dueños sobrevivan al impase más amargo de sus vidas, y no mueran en la discapacidad.
Septiembre 2008

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