martes, 23 de junio de 2009

El pintor de la bala en la cabeza




Primera Parte

La pareja Ulrika-Colt

El radio que había al lado de la colchoneta donde Fausto Marcelo Ávila dormía emitió primero un corto pito electrónico y luego la voz distorsionada de uno de los dos hombres que viajarían con él, esa madrugada, a Bogotá.

‘Días, don Fausto......que ya es hora. Nos vemos abajo, al lado del camión, en 15 minutos-cambio...

Fausto se despertó con el pito y alcanzó a entender algo de lo que decía el hombre, pero no fue sino unos segundos después que reaccionó para contestar. Estaba cerca a Facatativá, en el matadero de la empresa que lo había contratado para que escoltara un cargamento de pollo hasta la capital. Era el 23 de diciembre del 2000. Le iban a pagar los $40.000 pesos que necesitaba para completar lo de la bicicleta de la niña. Debían ser, entonces, las dos de la madrugada, la hora convenida con el chofer y con el ingeniero de alimentos para que lo despertaran.

Listo, mijo-, dijo Fausto con la boca todavía dormida, —en 15 pues.

El escolta se levantó con determinación: Lo de la bicicleta para su hija era un imperativo, pues su ex esposa le había exigido llegar con ella a su casa si quería ver a los niños el día de Navidad. La visita de nochebuena a Juliana, de cuatro años y a Sebastián, de dos, no se podía barajar.

Esa mañana, sin embargo, había algo más. Fausto se había sentido un poco nervioso la noche anterior cuando llegó al matadero desde Bogotá, a eso de las 11. Tanto, que después de comer algo, y antes de irse a dormir un rato a la piecita de encima de la bodega, llamó a doña Mirella Ávila, su mamá, para pedirle que rezara por él.

Pero ya no había tiempo para nervios: debían llegar a la empresa, por tarde, a las seis de la mañana. Así que Fausto se vistió, se ajustó el chaleco antibalas, se amarró la pistola Colt 9 mm. en la cintura y, por último, se puso su chaqueta de paño. Cuando salía de la habitación para echarse un poco de agua en la cara, se sobresaltó como cayendo en cuenta de un olvido. Se devolvió a la la cama, revolvió entre las cobijas destendidas hasta que encontró el número 17 de la revista de poesía Ulrika y se la metió en el bolsillo de la chaqueta.

Fausto cargaba la revista, no para leerla —se la sabía ya casi de memoria—, sino que, en un impulso nostálgico por tener cerca algo relacionado con su atesorado pasado como poeta, la había cogido antes de emprender el camino a Faca.

El número 17 estaba dedicado al Primer Encuentro de Poetas Hispanoamericanos de Fin de Siglo, llevado a cabo en Bogotá en 1995, y el nombre del escolta salía en los créditos del ejemplar, como colaborador. A sus 25 años, Fausto había dado apoyo logístico a los realizadores de la publicación. El escolta recordaba con añoranza aquellos tiempos de tequila y vodka en el Café Cinema del Terraza Pasteur o en la Casa de Poesía Silva, cuando había conocido a intelectuales como María Mercedes Carranza, John Fitzgerald Torres, Juan Manuel Rocca y Rafael del Castillo. “El niño poeta”, le decían en este ilustre grupo, a cuyos miembros había escuchado y quienes habían constituido su mejor público. . Ahora, Fausto tenía 30 años, y era incómodo que la revista Ulrika estuviera del mismo lado que la pesada Colt que colgaba de su cinturón; los dos artículos luchaban por un mismo espacio, pero el escolta-poeta, de alguna manera, los lograba acomodar.

Veinte minutos después, cargado de pollos y con los tres hombres en la cabina, el camión de la empresa se esforzaba por subir la loma que lleva al Alto de la Tribuna, entre Facatativá y Bogotá. Eran las 2:45 de la mañana, y lo único que se veía a través del vidrio panorámico era la luz que emanaba de la trompa del camión y que le abría paso al vehículo entre una densa niebla de madrugada.

Pasando, lentamente, por una curva, Fausto vio que algo parecido a un tubo negro se acercaba a su ventana. Hubo un chispoteo y el escolta sintió un golpe seco en la cabeza que lo atortoló hasta casi hacerlo perder el sentido. Sintió la cara mojada, se la tocó y el mapa negro que vio en la palma de su mano le confirmó que lo habían herido. Aunque quiso, no consiguió moverse para agarrar su revólver y repeler el ataque. Tampoco los atacantes le habrían dado tiempo, pues, segundos después del disparo, mientras Fausto luchaba contra un creciente entumecimiento corporal, le quitaron el arma, el chaleco, le rompieron la ropa y lo sacaron del carro. Finalmente, entre varios individuos, cuyas caras afanadas alcanzó a entrever, lo arrastraron y lo botaron en una cuneta cercana.


De ahí en adelante, aunque en ningún momento se desmayó, todo pasó por frente a los ojos de Fausto como rápidas imágenes seleccionadas de una película: Primero trató de levantarse y las piernas no le respondieron. Después, orinó arrodillado frente a un árbol, temblando, y se dio cuenta de que el dedo gordo de su mano derecha estaba casi cercenado. El escolta había alcanzado a levantar un poco el brazo para protegerse antes del disparo y la bala había pasado por el dedo antes de dar en la cabeza. ¿Por qué no se podía parar? Estaba gordo, pensó, demasiado gordo.

Luego, Fausto se arrastró con dificultad hasta la carretera. Pasó un buen rato durante el cual el escolta solo vio, a milímetros de sus ojos, la textura del asfalto. De pronto, oyó un carro que se acercaba despacio. Molía miles de piedrecillas bajo sus llantas. El carro paró, y Fausto tuvo un arrebato de pánico al oír que se cerraba una de sus puertas y que se acercaban pasos. Uno de los asaltantes, seguro....lo iban a rematar...¿Ahora qué? Consiguió despertar su estómago para gritar:

¡No me hagan nada! ¡yo no vi nada, yo no oí nada! ¡estoy desarmado!

Tranquilo, curso—, le respondió un hombre, —somos la Policía de Carreteras. Lo estábamos buscando.

Minutos después, el cuerpo robusto de Fausto retumbaba en el platón de una camioneta. Luego, lo hacía dentro de una ambulancia donde se sintió extenuado, pero un hombre que se encontraba a su lado no le permitió dormir. De todas formas, a los pocos minutos se le quitó el sueño, porque oyó la sirena que chillaba sobre el techo del vehículo, y Fausto empezó a experimentar miedo, genuino terror de haber perdido su cuerpo.

Después, oyó la voz sorprendida de un médico en un hospital:

¡A éste se le están saliendo los sesos! ¡un algodón y una venda! ¡rápido!

Fausto ardía de fiebre y experimentaba un calor sofocante. Un dolor fuerte y agudo lo torturaba mientras le cortaban el pelo alrededor de la herida, justo encima de la frente. ¿Por qué no lo dormían? ¿Por qué no podía, sencillamente, desmayarse? Luego sintió cómo, con una sierra pequeña, le cortaban el cráneo en una serie de pedazos que iban poniendo sobre una bandeja metálica a su lado. Le hurgaban el cerebro.

La bala no se puede sacar. Si se le saca..... —, era de nuevo la voz del médico—...No. Sacar lo que se pueda de alrededor...

Le volvían a poner los pedazos de cabeza que le habían quitado, lo cosían, y lo sacaban de una sala de cirugías en una camilla. Fue solo hasta un rato después que Fausto descansó, por fin, al oír las voces de sus padres en la misma habitación. Se le calentó el corazón, y no sabía si hablaba en voz alta o pensaba para sí: Ya aquí no me va a pasar nada...Estoy en mi casa....Ya no me pueden hacer nada...Ya estoy bien...Y cayó dormido para despertar varias horas después.

Al día siguiente, en la tarde del 24, doña Mirella, con un nudo en la garganta, compraba una bicicleta roja para su nieta.


Segunda Parte:

Tener el país en la cabeza


Yo creo que a los que se inventaron los derechos humanos, se les olvidaron dos de ellos: el derecho al odio y el derecho a la venganza

Mientras habla, Fausto Marcelo Ávila cierra su mano con fuerza alrededor del puño de su bastón, aquel que le tocaría usar, no solamente dentro de la casa del 20 de Julio en la que vive con su mamá y su padrastro, con dos hermanas y con un sobrino de 9 años, sino también por fuera de ella: desde el asalto en el Alto de la Tribuna, todo su lado izquierdo quedó levemente atrofiado. Hoy camina, pero al ex-escolta-ex-poeta le tocó volver a aprender a hacerlo, así como también le tocó aprender a vestirse, a afeitarse, a bañarse y a comer.


Pero a Fausto no lo dejan salir a la calle con el bastón. Su familia teme que haga algún destrozo en un arrebato de miedo o de rabia. O que agreda a alguien: la agresividad es, tal vez, lo que menos puede controlar desde que tiene esa bala incrustada en el lado derecho del cerebro. Tampoco lo dejan manipular objetos filosos o puntudos, ni acercarse demasiado a la cocina: la pseudopsicopatía que le diagnosticaron alguna vez en el Hospital San Ignacio, combinada con la epilepsia que se asoma en ataques impredecibles y a veces violentos, limita su relación con el mundo a una simplicidad monacal: cuando no come, ni duerme, Fausto pinta.



Pinta porque entre un segundo y el siguiente, la bala que se alojó en su cráneo le quitó las facultades de leer y de escribir. El esfuerzo mental que implican ambas actividades le desata insoportables migrañas y posteriores depresiones colmadas de frustración. Tras haber tratado de quitarse la vida en dos oportunidades, Fausto sabe que su sendero creativo no puede estar más en las letras, y es un hecho que necesita expresar, de alguna forma, esa emoción que lo acompaña desde finales del año 2000: la exaltación de la sangre, de la violencia cruda e indiscriminada que se pasea por el territorio colombiano dejando heridas y odios de difícil curación.

“El niño poeta”, a sus 25 años, no pensaba sino en escribir por el resto de su vida. La poesía y la prosa le habían dado a Fausto inmensos placeres, y estaba dispuesto a sacarle todo el provecho posible a su talento. Antes se devoraba cada libro que pasaba por sus manos y hoy, a sus 38 años, a pesar de que no lee una página completa, se acuerda con detalle de muchos de esos textos y autores: Marguerite Youcenar, Umberto Eco, Aristóteles…Cuando Fausto habla de ellos, parece un anciano que recuerda, con cariño, a sus amigos de juventud . A muchos, los conoció al tomar dos semestres de Filosofía en la Universidad Nacional, carrera que abandonó luego, en los albores de vida bohemia.

También fue juicioso escribiendo. Llevaba registros de casi todo lo que se le venía a la mente, e incluso guarda con orgullo un cuaderno en el que están escritos, de su puño y letra, la mayoría de los poemas que escribió. Participaba con ímpetu en cada proyecto que estuviera relacionado con la producción literaria. Así lo hacía en la revista Ulrika o en los talleres de poesía en la Casa de Poesía Silva. De hecho, así lo hizo en un proyecto que, según su criterio y el de sus allegados, fue lo que lo llevó a la quiebra y lo obligó luego a meterse de escolta. En 1998, después de varios meses de esfuerzos con un equipo de periodistas y editores, Fausto y sus compañeros publicaron un libro titulado Juego Limpio. Se trataba de una recopilación de artículos periodísticos y literarios dedicados al fútbol, de autores como Alberto Salcedo Ramos, Carlos Gaviria, Daniel García Peña, Lisandro Duque, Gustavo Álvarez Gardeazábal y Óscar Collazos. Fausto convenció a varios de ellos para que escribieran, así como adelantó gestiones para que Propal les donara el papel para su publicación.

Todo iba bien: el libro estaba impreso y listo para distribuirse. Solo faltaba pagar la impresión que, según los planes, se podría hacer en poco tiempo. Pero la selección colombiana de fútbol tuvo un mal desempeño en el mundial de Francia y los potenciales distribuidores se desencantaron del proyecto. Sin ventas, no hubo dinero ni siquiera para pagar los honorarios del grupo. Fausto entraría, así, en la más oscura crisis económica.

Mi esposa estaba esperando el segundo hijo —explica Fausto mientras toma un ejemplar del libro entre sus manos—,...y no teníamos seguro médico. Uno de artista, aquí, no tiene esos beneficios tan fácilmente. Así que, ¿cómo iba a responder yo para ese parto?-, Fausto pasea los ojos rápidamente por el libro, pero no lee casi ni una palabra: lo mira como un objeto manufacturado, más que para la lectura, para la observación.

Le pedía plata prestada a mis amigos —continúa—y todos me respondían lo mismo: “Pero, hombre, si le prestamos, ¿usted después con qué paga?"

Así que, un día, un conocido suyo que estaba relacionado en el gremio de la seguridad privada le propuso que se metiera en su negocio. Y a Fausto aquello le sonó como a su única oportunidad.. Le pagaron un curso de capacitación para escoltas liderado por un ex policía que había sido herido en combate y que profesaba ideas de ultraderecha. Después de intensos entrenamientos bajo el sol y la lluvia, el profesor les trataba de explicar a todos sus alumnos porqué era necesario matar judíos, negros y homosexuales.

Que porque iban en contra de la naturaleza-, Fausto recuerda con horror aquella época en la que, dice, le lavaron el cerebro mientras le enseñaban a usar pistolas Colt 9mm, sub ametralladoras y escopetas calibre 12-. Yo oyendo eso y haciendo esas cosas...yo, que era un pacifista nato.

Aunque la situación económica mejoró, porque pasó a ganar alrededor de un millón de pesos mensuales, Fausto y su esposa se divorciaron; Y, luego de tres años de desempeñarse como escolta, padeció los riesgos del oficio de manos de un asaltante con buena puntería. Desde entonces comenzaría para él una vida llena de limitaciones, con problemas neurológicos degenerativos y con una pensión mínima que apenas alcanza para pagar los taxis de sus consultas médicas. Fausto no puede montar en bus : lo atemorizan los tumultos.


Pero bueno...—Fausto suspira y voltea a mirar un caballete improvisado que está recostado contra una de las paredes de la sala—. No todo es malo. De esta historia, lo mejor que saqué fue la pintura...

En el caballete hay una obra en ejecución. Es otro de sus característicos medios pliegos, en donde apenas están trazados, a lápiz, los rasgos generales de dos figuras: la primera es una persona cubierta con una túnica que solo deja verle la cara. Tiene un macabro aire sacerdotal y una expresión amenazadora de crueldad, de sevicia. Su boca es una ‘S’ acostada que no se sabe si es sonrisa o si es asco. Tal vez son las dos cosas: la impresión que da es la de una demencia cínica y descarada. El sacerdote, en su mano, tiene agarrada una cadena con la que controla la segunda figura: un perro que intimida mostrando decenas de dientes filudos.

Pero, tal vez, lo más intimidante no es el perro, ni el sacerdote. Los trazos básicos, las figuras planas, rellenas con colores vivos y pastosos, completamente bidimensionales, distribuidas en espacios sin profundidad alguna o con perspectivas distorsionadas, le dan un toque infantil a los cuadros de Fausto. Eso atrae, pero también choca, porque en ellos se retrata una violencia tan cruda y tan explícita que las imágenes rozan lo grotesco.

Fausto añade que, además de la pintura, a su tragedia le debe la oportunidad de estar con su familia. No con sus hijos, hoy de 9 y 11 años, a quienes desafortunadamente ve alrededor de dos veces al año. Comparte con sus hermanas, su padrastro y su sobrino de nueve años, que terminó copiando sus cuadros (los mismos perros, los chorros de sangre) y se convirtió en su crítico de cabecera.

Pero hay alguien a quien el artista le debe su supervivencia y su relativo estado de calma: Doña Mirella, que antes se dedicaba a vender cosméticos por catálogo y los productos de carpintería de su esposo, hoy dedica el ciento por ciento de su tiempo a satisfacer las necesidades de Fausto. Esta mujer encarna con firmeza, con astucia y con cariño, ese hogar donde su hijo puede vivir a su propio ritmo.

Fausto siente que tiene que pintar: pronto le toca tomarse uno de los muchos medicamentos que, por lo general, lo tumban en profundos letargos de los que no despierta sino horas después. Y como su antigua disciplina se le convirtió en obsesividad, tiene que terminar los dientes del perro antes de acostarse: son el centro dramático del cuadro.

Por eso veo noticias,-explica el artista mientras doña Mirella le ayuda a levantarse del sillón y a acercarse al caballete-. O las oigo en la radio. Para poder tener el país en la cabeza. Yo tengo el país en la cabeza. Y tener el país en la cabeza implica tener la muerte en la cabeza.

Fausto, sin duda, tiene a Colombia metida en la cabeza. Está encarnada en una bala de 9 mm que presiona su occipital derecho. Como dice el poema que el mexicano José Ángel Leyva dedicó a Fausto en 2002:


“(...)¿En qué país estoy? Interrogaba a los curiosos

El guardaespaldas boca arriba

Con ojos de poeta

De mártir

De extraviado

De suicida

¿En dónde sobrevivo? Se pregunta

Ese hombre cuando escribe

Y le pesan los versos como plomo

Y le vuelven los nombres de la muerte

¿En qué país, en qué país?

Traite la bala estacionada en la cabeza"



Publicado en la revista Directo Bogotá, ed.24

Publicado en el blog del boletín cultural electrónico NTC http://ntc-documentos.blogspot.com/2009/03/fausto-marcelo-avila-el-pintor-de-la.html

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Licencia Creative Commons